Colaboraciones

Cruzando fronteras

Por: Mónica Montoya

Las fronteras no son el este o el oeste, el norte o el sur, sino allí donde el hombre se enfrenta a un hecho.

                      Henry David Thoreau

Mis fronteras no se relacionan con mi nacionalidad mexicana, con mi género, nivel económico, o color de piel, son las que he encontrado dentro de mí y tienen que ver con la perspectiva con que observo al mundo, pienso que cada quien tiene sus propias fronteras, ¿me equivoco? Me gustaría que después de leer este escrito pudieses contestarte a ti mismo ¿cuál es tu frontera hoy?

Probablemente esto lo he mencionado antes, pero viene al tema retomarlo, si me quedara en casa donde todo esta acondicionado para una vida cómoda en silla de ruedas, ¿cómo sabría lo que puedo y no puedo hacer? En primera instancia viajar me ha enseñado cuales son mis límites o fronteras, pero también de una forma peculiar me ha mostrado como derrumbarlas.

Este es el tipo de cosas que mi silla me ha enseñado cada que me encuentro ante una adversidad:

Frontera 1: Los caminos empedrados. Para mover la silla de ruedas mi cuerpo se ha adaptado de maravilla, no soy una experta aún, he visto a personas subir y bajar escalones en dos puntos (dos ruedas), me sorprende la adaptabilidad que podemos desarrollar, por ejemplo, cuando uno de los sentidos falla, como es el caso de las personas ciegas o sordas, la mente agudiza los sentidos que funcionan bien, como apoyo para procesar e interpretar lo que sucede en el mundo exterior.

En mi caso, los caminos empedrados son un gran reto, del cual he aprendido que prefiero tomarlo sola y despacio, pues es complejo avanzar en este tipo de terrenos; requieres de fuerza en el abdomen y brazos, primero con la espalda impulsas la silla hacia atrás, simultáneamente los brazos empujan la ruedas hacia adelante y el abdomen ayuda a mantener el equilibrio de la silla ante estas dos fuerzas, todo esto en pocos segundos.

Si alguien me ayuda, no puedo controlar la fuerza externa con la que soy impulsada hacia adelante, así que no me da tiempo de analizar cuanta fuerza necesito para impulsarme hacia atrás y poder brincar las pequeñas y constantes piedras que tengo enfrente, usualmente si permito que me lleven, la inercia que se genera cuando la silla se atora en una piedra hace que salga volando hacia enfrente, por eso y para evitarme tremenda explicación, cuando hay un camino empedrado le digo a mis amigos que yo manejo, solo es cuestión de ir despacio, ese ir lento me genera otra barrera pues veo en sus caras que notan lo difícil que me resulta el camino, y su impotencia de no dejarlos ayudarme, además del incómodo ruido que hacen las llantas.

Al principio cuando defendía mi postura de ir por mi cuenta, me generaba conflicto, ahora ya no, pues es la mejor opción (por ahora) y si ese camino empedrado es el único que se puede tomar, pues lo hago, por el simple hecho de que puedo, así lo tenga que recorrer poco a poco, esto me ha obligado a fortalecer mi cuerpo con ejercicio, preparándome de esa forma es más fácil, me imagino que es como el camino que recorren las hormigas, ellas son pequeñas, pero su cuerpo puede cargar cosas más grandes que ellas y por largas distancias debido a su fortaleza.

Una vez en un bar de Praga salí un poco mareada, uno de mis amigos intentó llevarme y pasó lo previsto, me caí, debido a mi estado no alcancé a meter las manos, lo bueno es que no pasó del susto, terminamos sentados en la banqueta riendo, desde entonces si salgo de fiesta y bebo alcohol, modero mi consumo y pienso primero en que debo conducir la silla, por lo menos en caminos empedrados.

Frontera 2: Escaleras. Últimamente los escalones no son algo que vea como una barrera, si voy con mis amigos, bajo de la silla para que me ayuden, subo con las manos y listo. Pero si voy sola, primero debo encontrar alguien que pueda ayudarme. La última experiencia que tuve fue en Francia, para entrar a la catedral de Lyon había tres escalones, iba yo sola así que me acerqué a un señor para pedirle ayuda, él iba caminando y le pregunté si hablaba inglés (mi francés no es muy bueno), sin voltear a verme contestó que no, ni siquiera se detuvo.

Desconozco lo que pasó por su mente, seguro llevaba prisa o pensó que le iba a pedir dinero, sentí feo pues requerí valor para pedir ayuda en un idioma que no es el mío, pero no por eso me detuve y volví a intentarlo una vez más, me acerqué a otros dos chicos que iban pasando, uno de ellos me presto atención, al principio creo que no me entendía lo que le decía, pero cuando me vio bajar de la silla y que le pedía la subiera, me ayudó. -Merci beaucoup. Le dije, -de rien. Contestó con una sonrisa y siguió su camino.

Yo era del tipo de personas que no le gustaba pedir apoyo, porque mi ego me hacía sentir en un estado de vulnerabilidad, no me dejaba ver que las personas que me ayudan no lo hacen por lastima, al contrario, todos los seres humanos en algún momento, por diversos motivos, requerimos apoyo y es recíproco aceptar la ayuda cuando sabes que la necesitas.

Dar y recibir es de sabios, es aprender a fluir con la vida como lo menciona esta pequeña historia:

“Los mares de Palestina.

Existen dos mares en Palestina, uno es fresco, y los peces viven de él, el verdor adorna sus orillas, los árboles extienden sus ramas sobre él y hacen crecer sus raíces sedientas para beber de sus aguas. El río Jordán forma este mar con aguas bullentes, bajando desde las colinas. Así, ríe a la luz del sol, los hombres construyen sus casas cerca de él, los pájaros anidan; y todo tipo de vida es más feliz por el solo hecho de que existe.

El río Jordán fluye hacia el sur y desemboca en otro mar, a diferencia del primero, aquí no hay peces, no hay hojas que se muevan, canto de aves, ni risas de niños. Los viajeros eligen otra ruta y pasan por la zona sólo si es necesario, el aire es pesado sobre sus aguas, los hombres, las bestias y las aves no pueden beber.

¿Qué es lo que produce esta gran diferencia entre mares vecinos? No es el río Jordán, pues lleva las mismas aguas buenas a ambos. Tampoco el suelo sobre el que están, como tampoco el lugar que los rodea.

La diferencia es ésta: El mar de Galilea recibe, pero no encierra al Jordán. Por cada gota que entre, otra gota sale. El dar y recibir son en igual medida.

El otro mar es atrevido, guarda celosamente lo que entra. No es tentado por ningún impulso de generosidad. Cada gota que recibe, la guarda. El mar de Galilea da y vive. El otro mar no da. Se le conoce como Mar Muerto.

Existen dos tipos de personas en el mundo. Hay dos mares en Palestina.”

Vaya sorpresa que me llevé que al salir de la catedral del lado izquierdo encontré una rampa.

Frontera 3: Transporte. A lo largo de mis colaboraciones describo lo que he llegado a ver acerca de la accesibilidad en medios de transporte, a grandes rasgos es así; en los vuelos cuando hago check in solicito que pongan una cinta como la de las maletas al documentar, esto es por si se llega a perder la ubiquen rápidamente o por lo menos pueda reclamarla, también ahí mismo solicito asistencia para ingresar al avión, yo prefiero hacerlo por mi misma pues a veces la asistencia es un poco tardada.

Sin embargo, últimamente acepto el total apoyo ya que ellos conocen el aeropuerto y saben la mejor forma de llegar al avión, si es que este no se encuentra cerca, además de que me ayudan con la mochila. Todas las aerolíneas cuentan con este servicio sin costo extra y lo que he observado es que las personas con discapacidad y adultos mayores somos los primeros en ingresar y los últimos en salir del avión.

Con respecto al transporte terrestre, cuando es la primera vez que visito un lugar, intento tomar el metro o el autobús, si estos no son accesibles, utilizo Uber, que existe en muchos países y los conductores me ayudan. También disfruto mucho andar en mi silla, si el camino es plano, la experiencia de encontrar lugares nuevos y paisajes imprevistos me hacen sentir libre de andar y moverme por mi cuenta.

Con cada frontera que me encuentro, emergen de mí emociones y sentimientos no tan agradables, algunas veces, incluso me ha llevado días o meses superarlas y aprender de ellas, me ha conllevado lágrimas y malos momentos, pero la recompensa ha sido mayor, ahora cada vez que me encuentro con alguna, por lo menos sé que ya lo he superado antes y que cuento con la capacidad mental, física y emocional de encontrar la solución cambiando la perspectiva y el enfoque desde donde las veo.

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Mónica Montoya

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