Colaboraciones

8 días de travesía marroquí: segunda parte

Día 6. El amanecer en la eternidad

La alarma sonó y yo sentí que no había dormido nada -y vaya que así era. Solo dos horas de pegar el ojo para despertar y por unos segundos no saber dónde estaba ¿Les ha pasado? Caminé en cámara lenta hasta el otro extremo de la jaima donde dormía Diego, le agité el hombro y le dije: “Ya está amaneciendo”. Algunos de nuestros compañeros ya habían comenzado a subir por una colosal duna de arena, así que nosotros también nos pusimos en marcha.

Después de un par de minutos, el cansancio se hizo evidente, las piernas ardían a la altura de los muslos y la respiración fatigaba. “Multi maratonista y heme aquí, jadeando colina arriba, qué vergüenza jajaja” me decía susurrando. Decidí tomar uno de muchos descansos, y al girar hacia el horizonte pude ver ese sol naciente a lo lejos, comenzar a cubrir con su tenue luz las sinuosas dunas de ese mar infinito de arena.

Continuamos cuesta arriba hasta que logramos alcanzar la cima solo 4 de nosotros: Diego, Blondie, Leo y yo. Y ahí nos quedamos sentados, escuchando el silencio de la soledad y contemplando aquel lugar tan temible y tan fantástico a la vez. Los vientos filosos nos golpeaban las caras y yo sentía granos de arena hasta el rincón más recóndito de mi espíritu. Pero la sensación de paz y calma eran absolutas.

Media hora después. la bajada fue rapidísima, saltábamos como liebres cuesta abajo, clavando los talones en la arena hasta que volvimos al campamento, donde el resto de los viajeros nos esperaban tomando el primer té dulce de la mañana. Tras juntar nuestro equipaje, montamos de nuevo nuestras bestias jorobadas y emprendimos el éxodo de regreso. Ahora no hubo tormenta de arena, pero la paquidérmica joroba entre las piernas te deja un dolorcito después de un rato y terminas caminando de manera extraña, como un jinete con caballo invisible.

Desayunamos en el hotel de Merzouga -nos veíamos todos destruidos como si hubiésemos pasado meses perdidos en el desierto, cuando en realidad fueron menos de 24 horas. Nos subimos a las camionetas y nos dirigimos al pequeño poblado de Khamlia, donde vimos el espectáculo de “Les Pigeons du Sable” de música y baile “gnaoua”. Los habitantes de esta zona, a las faldas de las dunas de Erg Chebbi -Las puertas del gran desierto del Sahara- son originarios del África negra, y sus prendas blancas contrastan armoniosamente con su piel oscura de ébano, mientras cantan, bailan y tocan sus instrumentos étnicos.

Al terminar, fuimos a tomar el té con una familia de beduinos, de tres generaciones, con la más pequeña, Hazna, que curiosa, jugaba con nuestros smartphones y se tomaba selfies con nosotros, haciendo muecas y trompetillas con la boca. Nos dieron la bienvenida en su humilde jaima, y sentados sobre polvorientos tapetes tomamos varias tazas de té antes de seguir nuestro camino.

Ya de vuelta en el hotel nos fue concedida la tarde libre, algunos pasaron tiempo en la alberca y otros (yo, solamente jajaja) tuvimos que trabajar un poco. Por la noche nos reunimos para cenar y nos acostamos temprano porque nos esperaba un road trip largo al día siguiente. Marruecos me estaba sorprendiendo gratamente, por el precioso misticismo de sus lugares, su música afro-arabesca y sobre todo, la gentileza islámica de su gente.

Día 7. La canción mágica de Ismail

Escribir es volver a vivir, y mientras relato todo esto, revivo con la mente y el corazón todo lo que pasó hace más de un mes.

Como un grupo de paleontólogos curiosos visitamos una tienda de fósiles -moluscos y crustáceos principalmente- de millones de años de edad, de cuando estos valles desérticos eran ricos océanos prehistóricos. Había también dientes de tiburón y restos inmortalizados de otras criaturas, que demuestran, irrefutablemente, que los seres humanos provenimos de un proceso extensivo y complejo de evolución, y no de una divina creación teológica.

“Este fue el primer animal en tener ojos” nos dijo el cuidador de la tienda, señalando algo así como una cucaracha gigante de piedra, que de haber existido en la época actual, sería el monstruo más temido sobre la faz de la tierra. “Me lo llevo” dijo Leo, que terminó comprando suficientes fósiles como para armar él mismo su propio museo de historia natural.

Después nos dirigimos al poblado de Erfoud, otro oasis urbano, donde bebimos el té juntos y comimos una tradicional pizza marroquí.“En un episodio más de Gordos por el mundo” retumbó mi  voz en el jardín del restaurante, con el eco del resto de los comensales, mientras me quemaba los dedos, presuroso, por tomar una de esas deliciosas rebanadas antes de que alguien me la ganara. La preparación de la pizza es a modo occidental y usando un horno de piedra y leña; se realiza con la típica masa y la salsa de tomate, pero los demás ingredientes son tradicionales de la cocina nacional. Existen muchas opciones vegetarianas, y otras con pollo, cordero y res. y eso sí, los sabores son muy condimentados, especialmente el aromático comino.

Tras el almuerzo emprendimos otro largo road trip. Visitamos primero un sistema de pozos de agua, que ha sido una gran solución ante las inminentes sequías desérticas. Prácticamente son túneles subterráneos que con una leve inclinación, llevan el agua desde zonas aisladas hasta las ciudades y poblaciones aledañas. Yo estaba muy concentrado en la explicación hasta que descubrí a una perrita con 6 cachorros diminutos, bebés, que corrían y tropezaban por todas partes. Fue inevitable ponerme a jugar con ellos, seguramente con cara de idiota, muy emocionado por tan trascendental descubrimiento canino.

Durante la ruta nos fuimos parando en otros miradores, aquellos que nos llamaban más la atención, hasta que tuvimos que hacer una parada estratégica en una gasolinera para comprar algo de tomar y pasar al baño -siempre he creído que los viajes en carretera son diuréticos infalibles.

Ismail (yo le decía Ismael, obvio) nuestro conductor y guía -y a este punto del viaje, amigo- también es músico y tiempo atrás compuso una canción que fue un éxito a nivel nacional. El tema se llama “Mamma Africa” y forma parte de un disco cuyas ganancias van destinadas a ayudar comunidades pobres de Marruecos. La canción se volvió un himno para nosotros, y cada vez que abordábamos la camioneta, la poníamos como mantra para comenzar de buenas la jornada. 

En la tienda de la gasolinería vendían discos, y fue una grata sorpresa ver que tenían el disco de Ismail. Varios lo compramos y mientras hacíamos la fila para pagar, le pedimos al muchacho de la caja que pusiera “Mamma Afrika”. Lo que sucedió a continuación fue magia pura.

Al mero estilo del bollywood indio, un tanto, demasiado surrealista, comenzamos a bailar entre nosotros y con los locales desconocidos que ahí se encontraban, nos tomábamos de los brazos y dábamos vueltas al ritmo de los tambores. No sé en qué momento las sacaron, o aparecieron por generación espontánea como parte de aquél hechizo musical, pero a un cierto punto yo saltaba con la bandera bereber y la de marruecos en mi espalda como si fuera una capa, y me sentía volar entre los refrigeradores y las repisas. Cuando acabó la canción, todo volvió de golpe a la normalidad, como si nada hubiese pasado.

De la misma manera que el sol crepuscular, descendimos al Valle de Dades y atravesamos sus Gargantas de piedra. Elevadísimas paredes de tonos rojizos que me recordaban el “Siq” Jordano de Petra que visité con Alan en 2016 o los imponentes monolitos de Valley of Fire en Estados Unidos a principios del 2017. Estacionamos la camioneta, atravesamos un riachuelo donde algunas mujeres terminaban de lavar telas y ropa, y algunas hasta a sus hijos pequeños;  y caminamos un poco admirando aquella maravilla natural que se extendía hacia arriba hasta difuminarse con las nubes. Pudimos ver algunos temerarios alpinistas colgar como arañas desde aquellas vertiginosas rocas. “¿Quieres escalar?” me preguntó la Victoria sabiendo de antemano la respuesta. “Por supuesto que no, ¿que estás loca o qué? le respondí, sabiendo yo también de antemano la respuesta. “Completa y absolutamente loca”.

La noche la pasamos en el Hotel Xaluca Dades. Nos recibieron con un número musical sincronizado, liderado por un señor súper anciano, de muchos años y pocos dientes. Cenamos todos juntos y festejamos al hermano Guatemalteco Leo por su cumpleaños. Después bebimos, fumamos (yo ni fumo) y platicamos hasta muy tarde. Las estrellas brillaban a todo su esplendor en la bóveda celeste marroquí, y al mismo tiempo mis ojos se apagaban y cerraban poco a poco, hasta quedar profundamente dormido.

Día 7. El Hollywood marroquí

Emprendimos el camino en carretera hacia el lugar más cinematográfico de Marruecos: Kasbah de Ait Ben Haddou (es más fácil escribirlo que pronunciarlo jajaja) un pueblo a estratos ascendentes, construido sobre un monte, monocromático color tierra, donde se han grabado películas y series como El Gladiador y Game of Thrones, entre otra decena de éxitos de taquilla internacional.

Este lugar, que solía estar completamente habitado, ahora cuenta con tan solo 4 familias que aún residen aquí . El ascenso es a través de calles pequeñas y callejones polvorientos, y de hecho, parece una maqueta de barro a gran escala.  Al llegar a la base, lo primero que hicimos fue entrar a la tienda de un artista que dibujaba con arena; contaba con una colección de retratos y paisajes bellísimos, con varios colores y formas. Un arte que nunca había visto y se me hizo sumamente interesante -sobre todo cuando, nos mostró una más de sus pinturas, hecha con “tinta invisible” que solo se volvía aparente al pasar una vela cerca de la hoja. ¡Qué es esta Brujería! pensé, y me acordé de cómo utilizaban estos métodos en la antigüedad para mandar mensajes secretos por correspondencia.

Nuestro guía Alí, lucía muy mexicano (según los cánones contemporáneos); ya saben, chaparrito, gordito, de bigote abultado y un sombrero para el sol, así que lo comenzamos a llamarlo Alí, Alí- jandro Fernández jajaja. Fue él quien nos llevó hasta la acrópolis de la ciudad, donde llegamos cansados y sedientos. El calor estaba en su punto, y yo ya casi no podía ver nada, porque el sudor había arrasado con mi bloqueador y esa mezcla química-salada me había ido a terminar a los ojos -qué dolor.

Después de un rico cous cous en una terraza con vista panorámica a la ciudad, continuamos nuestro camino serpenteando por la sinuosa carretera de Tizi N’tichka donde seguramente alguno vomitaría por el vertiginoso recorrido (nadie lo hizo, sorprendentemente). Estos viajes prolongados fueron muy divertidos, porque alternábamos el canto -o más bien griterío desafinado- con siestas deliciosas para cargar energías.

Nuestra penúltima parada fue en una cooperativa de productos hechos con aceite de Argán. Esta almendra tiene ácidos grasos esenciales y se utiliza tanto para la comida como para realizar cosméticos.. La única diferencia es que cuando se usa para cocinar, las almendras van tostadas. En el piso del lugar había señoras realizando todo el proceso artesanal, desde pelar el fruto, hasta macerarlo en un molino movido a mano, y al final del corredor, había varios anaqueles con muchos productos de belleza. Al aceite de argán, por su gran valor y versatilidad, le llaman el oro del desierto.

Yo nunca he sido mucho de comprar souvenirs, así que mientras todos enloquecían comprando botellitas de esa poción milenaria para la eterna juventud, yo me tomé un “café Olé” (café con leche) mientras intentaba acariciar a un perro callejero, que casi me muerde, y me recordó a Dario, mi dromedario arisco.

Justo después del atardecer llegamos a la capital turística del país: Marrakech. El cambio de contexto fue drástico. Era como haber llegado a las Vegas después de atravesar el desierto de Nevada: grandes y lujosos hoteles en una extensa avenida, iluminada por horribles lucecitas infinitas en los árboles, como si fueran navideños. Fue un shock cultural. Esa noche cenamos, y fuimos a dar una vuelta antes de dormir. Estábamos muy cansados pero felices.

Día 8. El gran final

Por fin pude salir a correr en Marruecos. A todos mis viajes me llevo mis tenis e intento entrenarme como si estuviera en casa, aunque muchas veces los horarios, lo rígido del itinerario o inclusive las características agrestes de las ciudades que visito no me lo permiten. En este caso, las calles planas de Marrakech fueron perfectas para un trote breve. Por supuesto que me perdí jajaja y tuve que recurrir al Google Maps para poder volver al hotel, tomar un baño, desayunar y estar listo para mi última jornada en este maravilloso país.

Ya con el grupo completo, visitamos varios sitios históricos del centro de Marrakech. En primer lugar la fascinante Mezquita Kutibía y su imponente alminar (o torre principal). Data del siglo XII y es sin duda un símbolo importante de esta ciudad. Esta mezquita inspiró la construcción de otras dos “hermanas”: la Giralda en Sevilla y la Torre Hasan en Rabat (la capital política del país). Yo me senté a admirarla por unos minutos, hasta que alguien me tomó del hombro para que siguiéramos adelante.

Caminamos por la ruidosa Medina, que sin bien no es tan impresionante como la de Fez, sigue siendo un espectáculo de mercaderes y de abejas que vuelan alrededor de los deliciosos dulces marroquís. Fue así que llegamos al “fúnebre” Moulay El Yazid, con sus hermosas tumbas reales bajo arcos y domos de mosaicos coloridos y mármol blanco. Había mucha gente y teníamos que hacer filas para todo, pero la belleza de su arquitectura y la riqueza de colores valía toda la pena.

Después pasamos a una tienda de cosméticos de aceite de Argán donde nos dieron una explicación exhaustiva de todas las cualidades y propiedades curativas de este producto. Había remedios para todos los males -menos el de amor, por supuesto jajaja-  desde anti-arrugas hasta cremas para almorranas, que por alguna razón inexplicable, era el mismo que se usa para las bolsas de los ojos. Solo espero que la pobre persona que padezca ambos males, use un dedo diferente a la vez para untarse aquella medicina. Aquí sí compré un par de cosas, sobretodo porque mi hermano Ramón, insistió en que le llevara algo de estar tierras lejanas.

Conocimos también el magnífico Palacio Bahía, decorado con mosaicos (zellij) y con jardines interiores como un Riad. Fue aquí que descubrimos cómo se separaba arquitectónica y jerárquicamente a las esposas del “vizier” (los ministros de alto rango), a sus concubinas y a sus esclavos. Actualmente, y es una de las cosas que no encuentro justas en Marruecos,  es la capacidad legal de un hombre de tener hasta cuatro esposas y no viceversa. Aunque es una práctica cada vez menos popular en el país y algo restringida, ya que el hombre necesita de la aprobación de su primera esposa. Me encantaría, que la poligamia fuera pareja y que una mujer pudiera tener 4 esposos también ¿por qué no? jajaja.

Finalmente visitamos la enloquecida Plaza Jamaa El Fna, llena de puestos, encantadores de serpientes sin colmillos (las cobras, no ellos jajaja) y motos como avispas enloquecidas que pasan a centímetros de ti como saetas descontroladas. Aquí nos advirtieron de portar las mochilas adelante y estar atentos, aunque a decir verdad yo nunca sentí en ningún momento riesgo o peligro. La Plaza es abrumadora, multisensorial, caótica. Te ofrecerán de todo, literal, y todo será por dinero.Nos sentamos a comer ahí y prometimos volver en la noche, aunque fue una promesa inclumplida, que nunca se hizo realidad.

El último atardecer marroquí la pasamos en el Hotel, todos muy tocados en el corazón por el inevitable final de la experiencia, e improvisamos una fiesta de despedida que duró hasta la madrugada, violando quizá, todos los impedimentos del Ramadán inmortalizados en el Corán jajaja. Al día siguiente, partí muy temprano con Diego al aeropuerto, él regresaba a Barcelona y yo, me dirigía a Italia a revivir mis años universitarios en Milán.

Si les gustó la experiencia a través de esta crónica, les recomiendo contactar a Victoria (@nutritraveler) a su mail [email protected]. Tiene listos tres viajes más a Marruecos este año, y alguno, les podría interesar.

Mis últimos tips de supervivencia millennial en Marruecos

El wifi en los hoteles suele ser muy malo. Si necesitan estar conectados por trabajo, u adicción digital, es conveniente comprar una SIM de alguna compañía marroquí y contratar un paquete “Pay as you go”.

Procuren no tomarle fotos a la gente, muchos se sienten muy incómodos al respecto. Si están muy interesados en tomar “retratos” pidan permiso y ofrézcanles algunas monedas.

El regateo es realmente parte de la cultura nacional. Nunca acepten el primer precio que les ofrezcan y negocien el precio final. No desprecien la calidad artesanal de los productos, pero pueden llegar a un acuerdo justo para ambos.

No le tengan miedo al Islam, ni a sus practicantes musulmanes. Esta religión, como la mayoría de sus similares monoteístas, profesan el amor y el respeto, y son, esencialmente sistemas de valores para la correcta convivencia humana. Lean sobre el Islam y hablen con la gente, respeten sus creencias y prácticas. Podrán encontrar musulmanes un poco más liberales, que inclusive fuman y beben alcohol. Lo más importante es mantener una mente abierta y empática.

Sean viajeros responsables, esto aplica no solo para Marruecos sino para todos los destinos.

Manu Espinosa

Manuel Espinosa Nevraumont, mejor conocido en redes sociales como @manumanuti es creador de contenido especializado en turismo. Documenta sus viajes a través de sus crónicas, fotos y videos, en México y en todo el mundo, con un especial interés por proyectos relacionados con turismo comunitario y ambiental. Ha trabajado con diferentes oficinas de turismo nacionales e internacionales. En 2017 creó junto con Alan por el Mundo la cuenta foodie de Instagram @gordosxelmundo para compartir experiencias gastronómicas durante sus viajes.